I. La casa de la abuela
Ese sábado tenía que ayudar a mi abuela a llevar unas cajas a la bodega. Su casa es un museo. La entrada está saturada de imágenes religiosas, cruzas la puerta y te pones solemne, como que estás en misa. Luego pasas al living que tiene las lámparas y los sillones de su primera casa. En la oficina están las colecciones de copas, estatuas y figuritas de porcelana que solo juntan polvo. Y hay una habitación dedicada a la familia, llena de fotos. Le decimos la pieza de los recuerdos.
Mis primas se quejan que hay más fotos mías que de todas ellas juntas. Yo lo atribuyo a que soy el menor. Mi papá tuvo tres hermanas y las tres tuvieron solo hijas. That’s life.
Ese día iba tarde, llamé para avisar y paré a comprar 2 cafés (que llevaría en modo de ofrenda a mi abuela). Cuando llegué, me estaba esperando con sus famosas galletas, que, según yo, tenían olor a hogar. Me abrazó fuerte, muy contenta y me dijo: “Oliver, llegaste justo.”
II. La dos fotos
Cuando terminamos con el café y las caja, me fui un rato a la pieza de los recuerdos. Lo hago cada vez que voy a esa casa. La abuela esta siempre agregando y sacando fotos: las imprime, las enmarca y las cuelga. Otras las saca (en general, cuando cancela una hija o una prima). El día que le empezó a faltar muralla, entró muebles para dejar más fotos encima.
Esta vez me llamaron la atención dos fotos del mismo tamaño, con marco naranja, una al lado de la otra que no había visto antes. En la primera estaba mi abuelo corriendo una maratón. Al lado, mi papá corriendo una maratón. Los dos se veían como de 25 años. Los dos salían corriendo con sus pies en el aire. Y los dos sonreían mirando a la cámara. Era verdad lo que decía mi abuela: yo tenía la misma sonrisa que ellos.
Les saqué una foto con el cel y la mandé al grupo de la familia. Pensé que iba a causar sensación: dos generaciones, la misma cara, buen material para la nostalgia. Mientras esperaba las reacciones, le hice zoom a la foto de mi viejo y me quedé pegado en sus zapatillas: blancas con bordes verde neón. Me encantaron.
Nadie contestó el mensaje. Ni siquiera una reacción o un sticker! Falló el cálculo.
III. Las llamadas
Camino a casa llame a mi papá, para hacerle bullying por la foto. Le pregunté si la había visto, me dijo que sí y nada más. También le pregunté por la maratón. Se acordaba de haberla corrido, pero no de por qué se inscribió, ni del final, ni de la foto.
-“Recuerdo que corrí, pero el resto esta borroso” - Me dijo y cambió el tema.
Mi papá trabajó desde que lo recuerdo. La imagen que tengo de niño es llegar a casa y que no estaba, nunca fue de contarme historias o hablar de él.
Unos días después y con menos esperanza, llamé a mi abuelo. Me contestó con casi las mismas palabras: recuerdo que corrí, pero el resto estaba borroso. No le di mas vueltas. Pensé que son como esos recuerdos que las generaciones mayores borran. Cosas de viejos.
IV. El regalo
“Gracias por inscribirse en la maratón” decía el mail con que me llegó mientras dormía. Al despertar, ademas tenía 3 llamadas perdidas de la abuela y un mensaje: “ven rápido a la casa que te tengo un regalo”. Las abuelas siempre saben como manipularte.
Al llegar, me confesó que se había tomado la libertad de inscribirme en la maratón, por tradición. No me complicó porque en lo profundo, era algo que yo también quería desde que vi las dos fotos. Después me pasó una caja envuelta en papel de regalo: un par de zapatillas de running nuevas, blancas con borde verde neón.
Me las fui a probar a la pieza de los recuerdos. En el closet, frente al espejo había una caja vieja de zapatillas. Las abrí: eran las de mi viejo (blancas aunque un poco sucias, con borde verde neón). Estaban usadas, pero en buen estado. Me las probé y calzaban perfecto. De hecho mejor que las nuevas.
V. Los autos rojos
Entrené 4 meses, 3 veces por semana. Barra de proteína y jugo de naranja a las 5.30pm, cambio de ropa a las 6.45pm y salir a correr a las 7pm en punto. En el camino, contaba los autos rojos con que me cruzaba: en general eran 61. Un número muy estable.
Cada noche que entrenaba, tenía el mismo sueño muy vívido: iba a la casa de mi abuela, sacaba del closet las zapatillas de mi papá, me las ponía y salía a trotar. La ciudad era otra: autos más antiguos, personas vestidas diferente, sitios vacíos donde deberían haber edificios. Corría hasta mi casa. Al entrar, me esperaba una señora joven de pelo rojo, sonriendo y muy arreglada.
- ¿Cómo va el entrenamiento Fred? - Me trataba por el nombre de mi papá. Y al pasar frente al espejo era cierto: estaba “disfrazado” de mi papá, más bien, en su cuerpo.
De día, mientras tanto, las zapatillas nuevas se iban acomodando a mis pies (y mis pies a las zapatillas). Pensaba que si otro se las pusiera, tomarían otra forma, imperceptible desde afuera: eso se nota solo al probárselas. Quizá con las personas pasa igual: convivir deja una huella imperceptible que nadie ve, pero que igual queda.
La noche de mi último entrenamiento antes de la maratón, el sueño trajo algo nuevo. Al llegar a la casa, estaba la señora de pelo rojo, me esperaba con galletas que olían como las de mi abuela. Ademas, tenía una guagua en sus brazos. Lo reconocí: era yo
- Fred, abraza al pequeño Oli- me dijo
Nos miramos, el niño me sonrió. Yo lo abrazaba desde el cuerpo de mi papá. Había algo en ese abrazo. Se sentía como llegar al hogar, no quería se terminara. Y en algún momento del abrazo pasé de un cuerpo al otro. Ahora yo era la guagua y veía la cara de mi papá, que no dejaba de abrazarme. Después me dejó en los brazos de la señora de pelo rojo y se alejo. No pude verle la cara a ella. Me empezó a contar un cuento sobre un zoológico gentrificado, un cuento rarísimo y me quedé dormido escuchándolo.
Desperté, con el olor de su perfume en la almohada.
VI. La carrera
Disfruté la maratón. Corrí saludando a la gente y mantuve un buen ritmo. Las zapatillas se había ajustado a mi pies. Mientras corría se me venía el recuerdo de las fotos de mi abuelo y mi papá. Pensaba que ellos hicieron esta maratón hace años, sentía que en parte estaba corriendo con ellos. Esperaba que en algún punto la carrera se hiciera más complicada, que tendría que caminar o parar. No pasó nada. Crucé la meta feliz.
Unas semanas después llegaron las fotos oficiales. Elegí una que se parecía a las fotos de la pieza: pies en el aire y la misma sonrisa. Compré un marco naranjo, la mandé a imprimir y se la llevé a mi abuela, como regalo de agradecimiento.
VII. El clavo nuevo
Estaba emocionada. Me llevó a la pieza de los recuerdos y al lado de las otras dos fotos había un clavo esperando. Colgó la mía, dio un paso atrás y dijo: “Quedó justo”. Después puso un clavo nuevo al lado y se fue a la cocina.
Abrí el closet para guardar mis zapatillas junto a las de mi papá. Había un espacio justo del tamaño de la caja.
Me quedé un rato frente a las tres fotos. Noté un detalle que no había visto antes:
En mi foto, en la vereda, había una mujer joven que sostenía una guagua, no la conocía.
En la foto de mi papá, estaba la mujer de pelo rojo que también sostenía una guagua. Reconocí su cara: era mi mamá de joven. La guagua era yo.
En la foto de mi abuelo, también una joven sostenía una guagua. Igual la reconocí de inmediato: era mi abuela. Y la guagua, mi papá.
Desde la cocina llegaba ese olor típico de las galletas de la abuela.
Volví a mirar mi foto.
Claro.
A esa mujer no la conozco…
Todavía.
—
Gregorio Salaya