Parece que me caí y estoy de espaldas, en el suelo o en mi cama. Me duele la cabeza y el cuello. No quiero abrir los ojos. En realidad no puedo abrirlos. Debo haberme desmayado, porque no recuerdo haberme caído. Es que tropezarse y recordar un tropiezo son cosas distintas, aunque ambas son parte del trauma.
Hay ruido. Hay mucho ruido. Aunque no me molesta. Escucho pasos, escucho muchos pasos. Parece que hay gente corriendo que pasa por encima mío, cerca de mi cara, pero sin tocarme. Otra vez trato de abrir los ojos, pero el sol me nubla. Los cierro. También me duele el tobillo derecho. A la altura de mi cara creo que rueda un vaso de plástico. Hay gente que grita nombres, pero no el mío. Nadie se detiene. Nadie me ve. Nadie sabe que estoy aquí abajo inmóvil. Así debe ser cuando uno se muere.
Siento vibrar mi muñeca. Debe ser mi reloj Garmin que ocupo para correr. Qué extraño!. Creo que puedo mover las piernas, pero no sé si se mueven. El torso definitivamente no responde. Trato de hablar, pero no me sale la voz. No puede ser que me haya muerto... Aunque definitivamente debe ser así, supongo. Un día te levantas, te duchas, te lavas los dientes, sales a correr una maratón con la certeza de que todo va a ser normal y te mueres. Lo complicado no es morirse: es no haberlo agendado. Y lo verdaderamente complicado le toca después a los que se quedan, que además tienen que avisarle a la gente y llorar por ti. Puros trámites.
Una lástima que no se pueda probar la muerte y volver a contar cómo era. Pero debe parecerse a esta sensación que tengo. A estar en el suelo y ver una luz que te encandila. Y piensas que el reloj Garmin te sigue vibrando en tu muñeca. Y crees que hay gente pasando por encima, escuchas rodar un vaso plástico. Y quizá piensas en la muerte mientras te estas muriendo o quizá no piensas nada.
El sol me llega y me llama. Es como si estuviera en el océano. Como la primera célula que percibió la luz, mucho antes que existiera un animal, antes que existiera el ojo. Una célula sin oído y sin nariz. Sin nadie alrededor que pudiera registrar ese momento. Parece irreal imaginarse algo que logró percibir antes de tener con qué percibir.
Esa primera celular también debe haberse tropezado y debe haber sentido una fuerza que la obligó a moverse hacia el claro. Y eso, que apenas era moverse, quizá ya se parecía a correr una maratón. Esa primera célula tuvo el coraje de moverse cuando nadie miraba. Tal vez la memoria de esa célula sigue guardada en el fondo de todas mis células… Y por eso hay momentos en que te levantas y te mueves aunque te falten fuerzas, aunque nadie mire, aunque te sientas en el fondo del océano.
La luz me llega y me llama. Pienso que debe ser similar a la luz que ve un niño cuando nace, después de nueve meses de oscuridad tibia. Nadie le explica nada. Nadie le preguntó si quería salir. Hay ruido. Hay frío. Hay unas manos que te levantan y no sabes de quién son. Ves luz y no ves nada. Quieres decir algo y no tienes con qué. No te sale la voz. Quieres mover el cuerpo y como que el cuerpo no es tuyo aún. Igual que yo ahora.
Me pregunto de dónde viene la fuerza para levantarse y moverse. No es optimismo. Quizá un optimista nunca se ha tropezado y claramente nunca se ha muerto. Esto que siento es otra cosa. Quizá es lo que le pasó a la primera célula que se movió hacia la luz. Uno mira atrás y dice que esa célula tuvo “esperanza” o que un nacimiento trae “esperanza”. Pero a la primera célula le tocó moverse y ya.
Un segundo. Fue algo que pasó en un segundo…
[… Y logro comprender desde aquí abajo,
que un segundo no es una medida de tiempo.
Un segundo es un lugar
y ese lugar admite invitados:
la primera célula que se movió hacia la luz,
un niño que nace al mismo tiempo en una clínica,
alguien que en alguna parte se esta despidiendo,
alguien caído con la boca contra la calle.
Los cuatro somos, de algún modo, contemporáneos.
Y hay algo en este lugar, sin cuerpo y sin nombre,
una fuerza, un sentir, que quizá llegó antes que nosotros
y no se ha ido.
Y esto que me raspa la mejilla ya no es la calle: es una orilla.
Y alguien: yo, una célula, un recién nacido, un recién despedido
esta saliendo por primera vez a mirar…]
Parece que me caí y me levanté.
Pero me sacudí las manos, cambié la música y seguí corriendo.
Estuve un segundo en el suelo.
Lo sé porque el reloj lo marcó.
Eso es todo lo que recuerdo.
—
Gregorio Salaya