I. El te de la mañana (tiempo presente)
Todas las mañanas, antes de que saliera el sol en Manhattan, Cristina se preparaba un té de matcha en su tazón morado que había traído de Japón: el agua, el batidor de bambú y sus 3 minutos de silencio. Después salía a correr sola con su música y al volver seguía escribiendo su libro sobre Rombrando, un pintor del que todos conocían máximo 1 o 2 cuadros. Ella obvio que los conocía TODOS!.
Pero esa mañana su tazón se le resbaló y mientras lo veía caer (en cámara lenta), solo pensaba: “veinte años con este tazón, que caro este descuido! ”. Al recoger los pedazos, el más grande le hizo un corte profundo en la palma derecha cruzando todas las otras líneas. Recién en el taxi a urgencias se acordó de que venía su primera maratón en 3 meses.
El médico que la suturó, cerrando el último punto le dijo: “Qué corte más decidido. Parece hecho con regla.”
Cristina se quedó mirando la sutura por 3 minutos. No dijo nada.
II. El sótano (1961)
Todas las mañanas, antes de que saliera el sol sobre Brooklyn, el pintor terminaba su turno: llevaba años pintando de noche en un sótano cerca de Bedford Avenue, telas que aún nadie le compraba. Antes de irse a dormir dejaba montada la tela que ocuparía la noche siguiente.
Pero esa mañana, al estirar el lienzo nuevo, encontró una marca que él no había hecho: una línea quebrada, decidida. La recorrió con el dedo esperando un corte, pero la tela estaba intacta. Era como un trazo hecho con regla. La miró por 3 minutos. No dijo nada. No quizo borrarla, de hecho se puso a pintar… Por primera vez en 20 años Rombrando pintó de día: sin corregir, sin detenerse, hasta que llegó la noche cubiendo la habitación con una oscuridad light.
Fue, diría después, la primera vez que supo cuándo un cuadro no necesitaba más.
III. El entrenamiento (tiempo presente)
Los tres meses siguientes, Cristina vivió en función de su entrenamiento y su libro.
La cicatriz sanó rápido. Después de cada entrenamiento anotaba todo en su libreta: los tiempos, necesidad de agua, las esquinas donde picaba la cicatriz, las pausas. No había logrado mejorar sus tiempos. Para el libro había logrado algo: acceso a los diarios del pintor.
La tarde en que volvió de su último largo, sonó el teléfono: en un remate de Brooklyn había aparecido una carta inédita del pintor.
IV. La deuda (1962)
Casi todas las tardes, antes de enclaustrarse a pintar, Rombrando pasaba por el bar de la esquina. Le fiaban las cervezas, pagaba cuando podía (casi nunca). El dueño le tenía cariño y un poco de pena. Cuando la deuda engordaba mucho, lo mandaba a hacer trámites o a limpiar. El pintor le mostraba con orgullo cada obra que terminaba y el dueño las miraba por cortesía, hasta la tarde en que vio el cuadro de la línea.
- Este me gusta -dijo- tiene aura. Parece un camino. Y le propuso un trato: el cuadro por la deuda entera. Rombrando dudó (de todas sus telas, justo esa la sentía especial) pero la deuda era larga y la sed profunda. Aceptó, negociando 2 cervezas extra.
El dueño lo colgó al fondo del bar, en una parte oscura light, donde nadie lo miraría mucho.
V. La maratón (tiempo presente)
Cristina cruzó el primero de los 5 puentes de la maratón a buen ritmo y sin darse cuenta. Había dormido bien. Ya no le importaba el tiempo: iba fusionada con la multitud y eso que era la virgen del individualismo, no se fusionaba con nada.
En una esquina de Brooklyn sonrió con superioridad espiritual al ver a un grupo de jovenes saliendo de un bar frente a una disco, todavía borrachos del sábado, brindando con los corredores de domingo por la mañana. Le dio sed (de agua), se acordó de la cicatriz que le picaba, vio su ritmo en su smart watch. Cambió la música y aceleró: unos metros más adelante corría un chico sin polera con la espalda y el culo esculpidos. Se propuso correr detrás de él, se lo imaginaba desnudo y abrazándola, sus pieles tocándose bajo las sábanas. Sintiéndolo. Es que a estas altura de la carrera - se dijo a si misma - empiezo a necesitar formas alternativas de motivación.
Kilómetros después, el barrio la devolvió a su libro: estaba corriendo por las calles del período perdido de Rombrando, los años de los que no quedaba nada. La carta del remate seguía sin aparecer en su email. Apuró el paso. Todavía faltaba la mitad de la maratón.
VI. La fama (1965–1970)
Rombrando empezó a entrar a galerías y museos sin darse cuenta. Los críticos nunca lograron explicar qué había cambiado en su pintura desde 1961. Él siguió viviendo en el mismo sótano, juntándose con los mismos amigos, yendo al mismo bar. A veces, la prensa lo esperaba fuera en la puerta para entrevistarlo, y él contestaba todo, menos las preguntas por sus años anteriores.
En los años en que consolidaba su nombre, conoció a la mujer que sería su señora. Se escribieron cartas durante un año completo, él desde Brooklyn, ella desde donde estuviera. En una de las entrevistas que concedió, dijo de ella: “Mi musa me pasó por el lado cuando ya no la esperaba. A estas alturas de mi carrera, uno necesita formas alternativas de motivación”.
VII. El cartel y las marcas (tiempo presente)
A la tercera hora corriendo, a Cristina le estaba costando. Había parado a hacer un pip-stop, había caminado varias veces y en alguna parte se le cayeron sus anteojos de sol, que dio por perdidos. Sabía que venía el último esfuerzo, como también sabía que le faltaba el último sprint del libro.
A la izquierda, había un DJ y mucha gente dándole ánimo a los corredores. A la derecha, un cartel gigante con el mapa de la ruta, la flecha de TÚ ESTÁS AQUÍ y los logos de los auspiciadores. El sol le pegaba de frente, le molestaba mucho.
Cristina levantó la mano derecha para darle sombra a los ojos y su palma quedó 3 segundos sobre el cartel con el mapa de la ruta. Observó por ese instante su cicatriz y el mapa del recorrido, las dos líneas superpuestas….
ERAN IDÉNTICAS!!! Cicatriz y recorrido.
Pensó: “llevo tres horas corriendo, quizá es el cansanio”. Pensó: “qué bonita coincidencia sería”. Se descubrió sonriendo, bajó la mano y siguió, no tenía energía para asombrarse. Cruzó la meta con un tiempo del que se avergonzaba. La medalla pesaba más de lo que esperaba. Esa noche comió pizza, se tomó un ibuprofeno y siguió con su vida cotidiana.
VIII. La fama (1970–1980).
A Rombrando la fama le cobró peaje. Una familia de coleccionistas de Europa empezó a comprar sus cuadros nuevos y tratar de reunir todo lo que había pintado en su carrera. Trataron de ordenar su obra en un museo, lejos de Brooklyn. Él firmaba los papeles sin leerlos mucho. Nunca les reveló que les faltaba un cuadro.
De sus años oscuros habló una sola vez, en la última carta que le escribió a su mujer, poco antes de morir. La carta no revelaba ninguno de los gossips que se buscaban: eran sus reflexiones sobre crear, sobre saber parar, sobre pintar de noche. Y al final cerraba diciendo: Mi mejor obra me la bebí. Espero que la estén cuidando.”
La familia coleccionista nunca leyó esta carta. Su mujer no la entregó con el resto de sus diarios o bitácoras: era la última carta y era de ella. Se quedó en Brooklyn, en una caja, guardada, esperando.
IX. El nuevo tazón (tiempo presente)
En los días siguientes a la maratón, Cristina retomó su rutina: el agua, el batidor de bambú, los 3 minutos de silencio. Un tazón nuevo, blanco, sin historia. Su matcha era igual y distinto a la vez.
La carta del remate le llegó esa misma semana el jueves en la mañana. El email le anticipaba que era poco probable que la información tuviera valor: se trataba, más bien, de una carta de amor. La leyó de pie en la cocina. Páginas sobre ser artista, sobre pintar de noche, sobre saber parar. Y al final una frase sin contexto: “Mi mejor obra me la bebí. Espero que la estén cuidando.”
Algo le faltaba. Pensó nuevamente en su cicatriz. La imagen del cartel de la maratón la rondaba como algo que picaba en todo el cuerpo. Abrió la libreta de entrenamiento para anotar sus reflexiones y terminó releyendo, por primera vez, todas sus notas. Los tiempos, el agua, las pausas y las esquinas dónde la cicatriz le picaba. Hizo el ejercicio de marcar en el mapa de la carrera los lugares donde le había picado su cicatriz mientras corría (en general ahí paraba a tomar agua)… Se sorprendió al ver que TODOS los lugares, sin excepción, quedaban sobre la ruta.
Sacó el mapa del programa de la maratón y puso su palma derecha al lado. En efecto, las dos líneas coincidían. Recordó el momento en que se dio cuenta de esto en la carrera. Ya no podía culpar al cansancio… le latía el corazón fuerte...
Hasta que el puzzle se le ordenó: Brooklyn, los años perdidos, el bar, la prensa, la deuda bebida. ¿será que el bar seguía abierto?… lo sabía con el cuerpo antes de confirmarlo: era el bar que vio en la maratón. El de los borrachos felices del kilómetro dieciocho.
Salió inmediatamente de su casa. Necesitaba llegar al bar.
X. El bar
Cristina llegó al bar. Era pequeño y le daba la sensación que se había quedado en el pasado. Pidió una cerveza y se quedó en la barra.
- Corrí la maratón hace unas semanas- dijo, al tercer sorbo - Pasé corriendo justo por esta cuadra.
- Todos los años pasan por aquí - dijo el hombre de la barra secando un vaso - Y la culpa la tiene un cliente nuestro.
Cristina levantó la vista. El hombre siguió hablando
-Un ingeniero municipal. Venía todas las noches, hace años, cuando mi abuelo atendía. Se sentaba en la mesa del fondo con sus mapas, siempre la misma mesa, frente al cuadro. Ese ingeniero fue quién trazó el recorrido de la maratón el 76 y que se usa hasta hoy. Decía que el cuadro le servía de brújula.
El hombre del bar se rio solo, como si hubiera contado la historia muchas veces.
- Nosotros siempre creímos que eran estupideces que decía por el exceso de whisky. Pero la mesa ahí está. Y el cuadro también: un pintor se lo dejó a mi bisabuelo pagando una deuda, cuando todavía nadie lo conocía. Es el amuleto del bar. Nunca lo hemos movido.
Cristina vio en el fondo del local un cuadro rodeado de una oscuridad light.
XI. El cuadro
-¿Puedo ver de cerca el cuadro? - Preguntó Cristina con el corazón aún más acelerado
-Obvio -dijo el hombre de la barra, y la llevó al fondo-. Aquí ha estado siempre. Mi papá decía que iluminaba la parte más oscura del bar.
Cristina había escrito más de trescientas páginas sobre Rombrando. Conocía cada cuadro y cada boceto. De este cuadro no había registro. Era el período que le faltaba al libro. Definitivamente era la primera obra maestra del pintor.
Al mirarlo vio una línea al centro. La cicatriz empezó a arderle. No toda a la vez: en orden, de un extremo al otro, pero al revés. Empezaba donde sus ojos terminaban y terminaba donde sus ojos habían empezado.
Puso la palma junto a la tela. Coincidían.
La línea del cuadro, la línea de la cicatriz, la línea de la maratón.
Se quedó ahí, sin medir cuánto tiempo, sin saber si la línea la había buscado o si su vida había sido correr hacia la línea.
Se quedó contemplando, hasta que salió el sol sobre Brooklyn.
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Gregorio Salaya