Cuento 1 de 7 - Serie "Larga Distancia: para leer corriendo"
I. La Servilleta
Con Martín crecimos juntos porque nuestras mamás eran mejores amigas, éramos como hermanos. La noche antes de irnos a universidades distintas (él a Boston, yo a California) comimos en el steakhouse de siempre, éramos locales. Pedimos lo de siempre. Pero cuando nos trajeron la cuenta, Martín le pidió un lápiz a la camarera (que obviamente nos conocía).
Jack, me dijo: "Hagamos una de esas promesas de cine gringo. Correr la Maratón de Nueva York antes de la fatal barrera de los cuarenta.”
Me pareció un buen desafío. A falta de notario, escribimos “MARATÓN NYC < 40 Jack & Martin” en una servilleta y ambos firmamos. Brindamos y nos despedimos. La servilleta (nuestra Acta Constitucional) se la quedó Martín. Yo pagué esta vez. Siempre nos turnábamos y el universo balanceaba, le decíamos la justicia kármica.
Durante los años nos mantuvimos en contacto, pero el último año cada vez menos. Trabajo, familia y otras excusas del día a día, lo hicieron más difícil. Lo típico.
II. La carrera
Lo importante era que por fin correríamos la maratón. Esa mañana, llegué primero (como siempre!), luciendo con dignidad la polera oficial del evento. Nunca entiendo a los que no la usan, deben ser corredores avanzados. Caminamos juntos a los corrales aunque teníamos tiempos distintos. Nadie me detuvo en los controles. Buena señal, pensé. Y le dije “El destino quiere que corramos juntos”.
“Obvio que correremos juntos, Jack” dijo Martín, con la vista al frente. “Es el pacto”
Una chica cantó el himno nacional de USA como en el Súper Bowl (mi vieja diría que se parecía a la Whitney Huston), los corrales estaban repletos, los influencers influencing sin pudor. Se empezaba a sentir la expectación. Sonó la pistola!! (PUUUM!) y partimos corriendo, cruzamos el Verrazzano con un viento que congelaba. Yo no sentí frío. Me estaba abrigando la motivación de la aventura.
Llegamos a Brooklyn, impresionante la cantidad de personas apoyando y gritando nombres. Martín llevaba el suyo impreso junto a su número y cada cinco cuadras alguien le gritaba "Go, Martín!" Miré mi número (sin mi nombre, obvio fui tacaño y no lo imprimí), pero con el movimiento no alcanzaba a leerlo. Sentí algo como envidia creo… era buena idea para la próxima carrera… wait ¿Qué dije? ¿ya estaba pensando en la próxima? ¿me estaba transformando en esos fanáticos? ME NIEGO!!
A Martín no le gustaba parar, decía que perdía el ritmo. Ni siquiera para hidratarse. En el puesto del kilómetro doce no tomamos agua. Hasta el dieciocho donde sacamos unos geles que llevábamos y estaban de moda. En toda la carrera, ahora que lo pienso, había tenido muy poca sed.
III. Los recuerdos
-¿Te acuerdas del trato?, dijo Martín de pronto, en voz alta.
Una mujer que corría a su lado lo miró un momento y apuró el paso.
-"Sí, para eso estamos aquí", le respondí.
Llegamos a Queensboro que es un tramo sin público, había leído que era el lugar más callado de la maratón. Ahí me pasó algo inesperado: en ese silencio me sentí muy presente, como si el vacío me sostuviera. Pensé que uno nunca sabe bien quién sostiene a quién cuando dos personas corren juntos o cuando son amigos. Es linda la amistad en ese sentido.
Después, llegamos a First Avenue, estaba contento de seguirle el paso a Martín. Nuevamente habían miles de personas gritando y me pasó lo contrario: me sentí borroso, diluido entre los espectadores, casi transparente. Pero seguí corriendo, mi vieja decía que los pensamientos junto con los dolores se diluyen en el movimiento.
IV. El muro
Pasamos frente a una torre que la última vez que vine estaban recién construyendo. Ahora estaba terminada, llena de tiendas de lujo. Fue volver a presenciar la hiperactividad del metabolismo urbano de New York al máximo.
En el kilómetro treinta y tres (le dicen el muro) yo me sentía en mi mejor momento, pero Martín se detuvo. Se dobló sobre sus rodillas y se le llenaron los ojos de lágrimas. Nunca lo había visto llorar. Me acerqué y como sé que no le gustan los abrazos, le dije la frase de cuando éramos chicos: “Duele el cuerpo…”
“…llora el ego” completó Martín, sonriendo, antes de que yo terminara.
La dijimos juntos, como antes. Quería contarle que esa frase había vuelto a mí la noche que acompañé a mi señora en la clínica después del accidente. Estuve con ella hasta el amanecer, pero la sentí lejos. Los calmantes, supongo. En fin, le ofrecí agua a Martín que se estaba preparando para el último tramo.
Central Park apareció al fondo, lleno de gente. Faltaba un kilómetro, cambié la música a funk brasileño! Así mantenía el flow y la música hacía que no me dolieran las piernas, o quizá era que ya no sentía el nada.
Cruzamos la meta juntos casi arrastrándonos, tomados del hombro y se me vinieron encima todos nuestros recuerdos a la vez, en desorden. Fue como si reviviera 4 décadas de amistad en 5 segundos. Ambos sonreíamos.
V. La medalla
La voluntaria le colgó la medalla a Martín.
Cuando me tocó a mi, miró por encima de mi hombro y gritó: "siguiente corredor!"
Me pareció que se había quedado sin medallas. “Qué desorganización la del Primer Mundo”, pensé.
Busqué a Martín para sacarnos una foto e ir a comer algo. Pero estaba en su mundo.
Sacó una servilleta doblada, amarilla, con dos firmas. La sostuvo un rato en la mano. La volvió a guardar en el bolsillo.
Levantó su medalla al cielo, le dio un beso y dijo, con una voz que yo no le conocía: “Jack, esto es por ti. Te lo debía, hermano.”
VI. El pacto
Martín había corrido toda la maratón hablándose en voz baja, como todos los domingos de entrenamiento del último año.
En el kilómetro treinta y tres (el punto que le llaman el muro) se había detenido, pero no era que estuviese cansado. Había jurado no volver a esa esquina: un año atrás hubo un accidente grave. Se subieron dos a la ambulancia. Se salvó solo ella. Precisamente había podido seguir gracias a una frase que su “hermano” Jack le decía cuando niños.
Martín había cumplido el pacto.
A Jack no le dieron su medalla, pero a su modo, también lo cumplió.
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Gregorio Salaya