Me da vergüenza contarte esto. Pero necesito compartirlo con alguien.

Llevo doce noches “cayéndome” mientras trato de dormir. DOCE NOCHES! No es que sueñe que me caigo ni que termine en el suelo al lado de mi cama. Es que, de la nada, mi cuerpo decide convulsionar para salvarme de una caída imaginaria, justo 10 minutos después de acostarme.

La primera fue el martes de hace dos semanas. Me acosté, estaba a punto de dormirme y vino la imagen de ir bajando la escalera de la facultad, la del segundo piso, esa que tiene un peldaño más alto. Puse el pie y BAM! no había peldaño. Por medio segundo quedé colgando y después… la famosa convulsión que te toma desde adentro. Me fui del cuerpo antes que el cuerpo. Ahí me desperté, en la cama, con el corazón latiendo full.

Mi pareja ni se movió. Eso es lo más humillante. Morirse todas las noches con una persona al lado durmiendo plácidamente, que ni se inmuta.

La segunda noche fue una hamaca. La misma que había en la casa de mis viejos: una tipo red que te sostiene y te atrapa. Yo de espaldas, mirando al cielo azul. Y ¡BAM! La hamaca me soltó.

La tercera fue corriendo una maratón. La cuarta, levitando como un ángel. La quinta fue rara: me caí sin cuerpo, una caída puramente mental, en el vacío. La sexta me caí para arriba andando en bicicleta. Es difícil de explicar esta última. Y todas, todas las veces, al final venía el tirón para arriba con el espasmo. Y después el corazón a mil.

Al principio agradecí que no me pasara nada malo. Pero después empecé a tener rabia. ¿Por qué una fuerza me sube JUSTO antes de llegar a ese suelo imaginario y NO ME DEJA decidir?

[Otra copa por acá. Pero no ese vino tan rasca, la otra. Esa! ESA!. El carmenere chileno, el del ángel]

Bueno, la séptima noche fue distinta. Estaba descansando en un árbol grande, típico de cuento medieval. Y me solté de la rama. ME DEJÉ IR. Y mientras caía, los brazos se abrieron solos. ¡SOLOS! La gocé.

La octava me tiré DE UN PUENTE. Me dio ese temblorcito en la guata de estar haciendo algo prohibido. También la gocé.

Desde ahí empecé a esperar las caídas. Durante el día fantaseaba con estar en un lugar muy alto. Me veía arriba sin miedo, sin arnés, solo el viento y yo. Imaginaba la “llamada del vacío” que te dice al oído: SALTA!. Me empecé a acostar más temprano. Hasta me puse perfume. La novena noche salté desde la ventana del edificio más alto de la facultad.

Después quise más, obvio. En realidad el cuerpo me pedía más… era una sensación animalesca. Decidí acelerar el sistema un poquito nomas, hacerlo elegante: tres espressos cargados, una cosita fumada, la ventana abierta para sentir frío, una pastilla mágica de complemento. La décima noche salté de un HELICÓPTERO y la undécima, me tiré a un pozo. Y cada vez las disfrutaba más. Hasta el tirón y el espasmo se estaban volviendo familiares.

La noche doce fue hermosa. Estaba en Dubái. Arriba de esa torre grande, la que se ve en medio del desierto. Yo en la cima con una cámara GoPro.

SALTÉ!.

Y caí, caí, caí un rato laaaargo, obsceno. 800 metros, que son casi 13 segundos. ¿Y adivina en qué pensé mientras caía?

En el enfoque de la cámara. En que se viera bien la ciudad. En capturar el momento para publicarlo en mi redes sociales y ganar likes… qué imbécil que soy.

Ya más abajo, cerca del suelo, me vino una sensación ajena: ¿y si esta vez la fuerza no me despierta?

Creo que eso que te despierta es una gravedad distinta. No la nuestra, no la de la manzanita. OTRA. Yo le digo “gravedad intramundana” porque está entre el sueño y esto, entre dormirse y estar despierto. Una fuerza que no tira para abajo… tira para el mundo. De día no la sientes porque estás arrojado en el mundo, como tampoco sientes la gravedad de la Tierra. Pero cuando te acuestas, el mundo te suelta y te quedas colgando, sin piso, sin referentes, en el vacío, con angustia en la nada. Ahí la gravedad intramundana te agarra y te tira de vuelta al mundo. Ese es el espasmo.

Todo eso lo pensé mientras caía en Dubai. Resulta que la fuerza me despertó. Tirón y espasmo. El mundo me quiere adentro y me trajo de vuelta…

El problema vino después. Hice lo mismo de siempre con rigor: el café, el pito, la ventana abierta, la pastilla salvadora.

Noche 13: NADA!.

El cuerpo se quedó quieto. Sin escalera, sin hamaca, sin edificio. Sin rama, sin pozo. Sin torre de Dubái…

Y ayer esa quietud no me dejó dormir.

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Gregorio Salaya

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