Era nuestra primera cita oficial. Ya habíamos pasado una noche de explorarnos, pero había sido más juego y erotismo. Queríamos algo más íntimo, o eso había entendido yo. Así que la invité a ver la película “En la Luchita” y luego a comer. Obvio que yo elegí el restaurante.

Salimos del cine con ganas de estar en silencio. Caminamos sin hablar por unas calles que les dicen los Campitos Elíseos. Nos tomamos una selfie. Tres selfies, en realidad, hasta que la foto se vio espontánea. Yo la miraba caminar y sacar fotos, preguntándome si alguna vez iba a poder sentir tanta comodidad en mi cuerpo.

Saqué el celular y busqué la película. Me gusta leer la sinopsis y las críticas después de ir al cine.

EN LA LUCHITA
Drama. Basada en hechos reales. 112 min.
Luego de dar a luz, una joven deja a su hija recién nacida al cuidado de la abuela para estudiar en el extranjero. Cinco años después, vuelve a buscarla. Veinticinco años más tarde, es su hija quien le pide un favor. Una historia de amor, sacrificio y superación.

No me pareció tan buena la síntesis. Quizá la hicieron con IA. En la película nadie superaba nada, las personas se las arreglaban para navegar. Guardé el celular. Cuando levanté la vista, ella me estaba sacando una foto.

El restaurante que elegí estaba al final de la avenida. Nos sentamos. Miré el menú. Ya lo había estudiado cuando hice la reserva y aún no podía decidirme. Ella ya sabía qué pedir desde el principio. El mozo terminó convenciéndome de probar la especialidad de la casa.

-¿Qué te pareció la película? - le pregunté a mi acompañante
-Yo también me habría ido y le habría pedido a mi mamá que cuidara a mi hija
- Pero 5 años separadas es mucho tiempo, ¿no?
- ¿Qué otra cosa podría hacer? -dijo ella
- Claro, porque consiguió un trabajo y pudo llevársela. ¿Pero si no lo hubiera conseguido? - le pregunté
- No sé. Pero eso fue lo que pasó, ¿no? -me dijo mirando la pantalla de su celular, que había vibrado
Leyó el mensaje y dejó el teléfono junto a la copa, con la pantalla hacia arriba. Luego agregó:
- Yo pensé que el final tendría más drama, algo como que la abuela no iba a querer entregarla
- Igual la escena de la abuela doblando la ropa que la niña no se llevó es el peak del drama. Pero no entendí la escena del mozo llevándose el postre intacto cuando apagaban las luces y esa persona seguía comiendo sola
-Tampoco la entendí, pero quizá tenía hambre - me dijo-. Igual me sorprendió que veinticinco años más tarde la hija le pidiera lo mismo
-Sí - le dije-. El llanto de la mamá cuando la hija le pide cuidar a su nieta para volver a su país merece un Óscar
-¡Naaah! Yo pensé que se estaba riendo con lágrimas porque le tocaba pagar su deuda con intereses - me respondió

La comida estaba deliciosa aunque le faltaba sal. El olor del plato activó mis recuerdos de infancia llegando a casa a caballito arriba de los hombros de mi viejo, luego de haber salido juntos al supermercado.

Mi acompañante recibió un llamado en medio de la conversación.
- Disculpa, tengo que tomar esto - me dijo. ¿Aló? Sí, hija. ¿qué pasó?
Se alejó rápido de la mesa. Y escuché que preguntaba “¿Qué? ¿Cuántos meses tienes?”

Se acercó una mujer con gorro de chef secándose las manos. Miró mi plato, luego a mí.
-¿Qué tal? - le pregunté.
-Aquí, en la luchita. ¿Y qué te pareció el plato?
- Te confieso que me recordó mi casa - le respondí
-¿Por qué lo dices?
- Hace mucho que no comía tan lento
- Eso es lo mismo que dijo mi mami cuando vino por primera vez
-¿Que hacía mucho que no comía así?
- No, que le recordaba su hogar - me respondió -. Es que mi mami se fue joven de aquí. Cuando yo era niña, me cocinaba un plato que le recordaba su país y comíamos juntas. Yo cambié un poco la receta original y, aunque me dio miedo servírselo, terminó queriendo robarme la receta. Bueno, así nació el restaurante Nosotras. Uf, ya me entusiasmé.
- Si sirve de algo, mi vieja decía que el hogar es donde no hay lucha, pero se le fue la vida luchando.

La chef me sonrió y se fue. Volví a probar el plato. Ya no necesitaba más sal.
Mi acompañante volvió con cara preocupada
- Tengo que irme de inmediato. No quiero que mi hija pase la noche sola
- Te volveré a ver? - le pregunté
- Ahora no puedo pensar en eso

Cuando vino el mozo, le pedí que no retirara su vaso ni su plato. Le pedí dos postres y más vino. Dejé el segundo frente a la otra silla. Así, alguien que pasaba podría pensar que mi cita había ido al baño. Seguí comiendo, mascando y tragando sin saber qué había en la boca. Odio comer sin nadie. Abrí en WhatsApp el chat de mi vieja. Escribí algo y lo borré. La gente se empezó a ir. Yo no quería pararme. Cerraron las puertas, empezaron a limpiar el lugar y apagaron las luces. El mozo se llevó el segundo postre intacto.

En la salida, me topé con la chef. Me miró y me preguntó si tenía planes, le dije que no quería volver a casa. Ella me respondió que tampoco tenía ganas de terminar el día.

Terminamos en su departamento
Lleno de arte en las paredes
Y dibujos infantiles pegados en el refrigerador
Tuvimos sexo sin hablar
Una mezcla de juego y erotismo.
Nos miramos.
El silencio era cómodo.
Me preguntó “¿cómo estás?”
No se me ocurrió nada que responder
Nos abrazamos sin ropa.

Vibró su celular, lo miró. En la pantalla decía “Mami”. Declinó la llamada y lo dejó en el velador con la pantalla hacia abajo.

Le pregunté si me dejaría invitarla a una cita más íntima. Ella aceptó
-Tengo el panorama perfecto - le dije -. Mañana vamos al cine y luego podemos ir a comer.
- Ok - dijo ella -. Tu sacas los tickets, pero el restaurante lo escojo yo.
- Trato hecho - le respondí.

Era nuestra primera cita oficial.

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Gregorio Salaya

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