Hacía 7 años que no visitaba la casa de mis viejos. Mi psicóloga me preguntó en la primera sesión, hace mucho tiempo: “¿cuándo te dejaste ir?”. En realidad, me ofrecieron un buen trabajo y lo tomé. Me tocó un equipo en otro país y un jefe explotador. Me tocó irme. No es que me dejara ir.
El abrazo de mamá me hizo sentir el corazón palpitando. Mi ex me decía que se me había secado el corazón. Algo de razón le concedo, hace tiempo no tenía esta sensación de liviandad.
Sabía que teníamos harto que hablar, pero no quería someterme a un interrogatorio ni inventarles mentiras. Por eso me fui directamente a mi habitación buscando un momento de paz. A lo lejos, escuchaba a mamá caminando a la cocina. Abrí la puerta y antes de entrar ya llegaba el olor a panqueques y activaba mis recuerdos y mi estómago.
Era verdad que mamá no la había tocado: mi habitación estaba como embalsamada.
Mi muralla era un zoológico: pósters de Mickey, con los Simpsons, Harry, los Red Hot y los BTS. Tenía colgadas algunas medallas de cuando partí nadando y cuando partícipe en las Olimpiadas de física. Mi yo “overachiever” se puso feliz de verlas. Después dejé las dos cosas.
La luz bajó.
Me empezó a doler la cabeza. Me dio hambre. El olor a panqueques se intensificaba. Sentí el pecho contraído, como que algo quería salir. Me tiré de espaldas en la cama. No recordaba que fuera tan chica. Miré al techo, empecé a contar: 49 estrellas de plástico brillando. Las pegué cuando cumplí 13. En realidad pegué 50, pero una se la regalé a un amigo especial cuando se fue del colegio para que la pegara en su nueva pieza.
Aún mirando al techo, se me apretó la garganta, sentí los ojos húmedos y ganas de llorar: ¿Cuándo empecé a perseguir cosas estúpidas? ¿Cuál fue el retorno de todos estos años?. Me dormí. Literal no sentí nada hasta el día siguiente.
Desperté con más tranquilidad. La luz que entraba por la ventana ya no dejaba brillar a las estrellas. Abrí el velador y ahí estaba mi cuaderno de preguntas y sueños, con la tapa de cartulina negra y mi nombre escrito con letra cursiva y lápiz plateado. Lo abrí. Me palpitó el corazón nuevamente en menos de 24 horas. Nuevo récord.
Al principio había preguntas numeradas #1 ¿dónde estaba antes de vivir en la guata de mamá?, #2 ¿por qué mi papá tiene pelos en la axila y yo no?, #7 ¿qué pasa si un fantasma se enamora de otro fantasma?. Más adelante preguntas más cortas #21 ¿Me van a dejar ir?. Después de la 30 había tiempos o anotaciones: “#38 nado: 100 libres: 1.10”, “#44 Test mecánica newtoniana: 96%”.
Después había dibujos: #51 Una ciudad hecha de panqueques con edificios mordidos #63 Una araña en el cielo entre estrellas, #65 Una cama pegada al techo de una habitación con dos personas acostadas boca abajo. En la última página, en letra cursiva había una pregunta escrita grande: “¿Cuál será el retorno de todos estos años?”
Después de haber revisado el cuaderno, volví a la primera página e intenté leer. Las manos que sostenían el cuaderno eran demasiado pequeñas y frágiles. Me miré al espejo: era yo, pero a los quince.
Traté de abrir la puerta, no pude. Me volví a tirar en mi cama. Traté de gritar, no pude. Traté de despertar. Me puse a contar las estrellas: ahora había 50. Noté una tela de araña en la esquina de la pieza. Desde la cocina llegó olor a panqueques. ¿Me habrán castigado?
Ahora estamos dentro de la pieza mirando como detrás de una cámara desde la esquina. Una tela de araña se interpone en nuestra visión. Nadie nos ve, no podemos intervenir, nadie nos escucha.
Hacemos zoom en las fotos de infancia: fotos promedio. Nos acercamos a ver los pósters: interesante la diversidad. Luego inspeccionamos los libros: mucha novela, poca filosofía. La estética de la habitación: maximalista e infantil. Le damos una de cinco estrellas al diseño interior. Junto a la puerta, una maleta. Sobre la silla, una mochila escolar.
Vemos a una persona acostada boca arriba. Enfocamos el techo, subimos hacia unas estrellas de plástico verde, picantes, mal pegadas y con pelusas. Volvemos a nuestra esquina.
Se abre la puerta. Entra una mujer con una bandeja: una taza con leche y tres panqueques, uno mordido. Mueve la boca, pero no la escuchamos. Le sube la frazada hasta los hombros. Se queda un segundo mirando. Sale cerrando la puerta.
Bajamos hasta ver los ojos de la persona en la cama. Parpadea. Llora.
Levanta la mano hacia el techo y empieza a contar las estrellas.
Se detiene.
Se sienta en la cama.
Mira fijamente hacia esta esquina.
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Gregorio Salaya