I. Subterra

En los inicios de Asgak, la Academia de Magos recibió la misión de construir la cárcel más segura de los 13 reinos. Se enclaustraron por 7 días y concluyeron que a los peores criminales había que privarlos de sol [bastante obvio la verdad!]. Situaron la prisión debajo del volcán más alto. Transformaron los montañas en obreros gigantes, invocaron animales y espíritus como mano de obra barata, e inventaron nuevos hechizos para que ningún prisionero conservara sus poderes dentro. La llamaron Subterra. Los habitantes del reinos durmieron tranquilos desde entonces: nada mejor que tener una cárcel lejos de la vista cotidiana.

Cuando las Siete Maldiciones Cautivas nacieron de la lluvia negra sobre el Bosque de los Extraviados, seis huyeron con los Vientos Roñosos y se repartieron por el reino. La menor de las maldiciones sintió curiosidad por visitar Subterra. Encontró el volcán, cruzó el laberinto de lava, pasó frente a las bestias custodias y se instaló en la oscuridad de la prisión, entre los muros de piedra. No entendió su propósito, así que se dedicó a jugar y observar.

Estuvo un par de décadas paseando por las celdas. Conoció todo lo que tenía Subterra: asesinos, traidores y ladrones. Pero los que más le llamaron la atención fueron Akrit y Vorg Odruk, un matrimonio de magos de las sombras. Hasta los más crueles se complicaban con su presencia. La joven maldición los escuchó planear su fuga por varias noches y comprendió el horroroso plan que tenían al salir. La noche anterior a su Gran Escape, la maldición actuó por primera vez en su breve vida. Muy discretamente y sin que nadie lo notara. Se desplegó improvisando sobre los Odruk implorando que su conjuro le funcionara.

II. El Regalo

La mañana siguiente, Akrit amaneció distinta. Sentía su cuerpo extraño. Le tomó tiempo entender lo que presentía: ESTABA EMBARAZADA!. Se lo dijo a Vorg y no necesitaron conversarlo: el Gran Escape quedó pospuesto por razones de fuerza mayor.

Así fue como la maldición condenó a los Odruk a una segunda prisión. El embarazo fue difícil, el parto con dolor. Badi fue el primer nacimiento dentro de Subterra. A diferencia de sus padres, la pequeña tenía un aura que encantaba.

El castigo de la maldición se siguió revelando con los años. Los Odruk esperaban un heredero del mal, pero Badi sentía: lloraba con las peleas ajenas y miraba la violencia en Subterra con una compasión que descolocaba a los guardias. Era una vergüenza tener una hija débil. Pero lo más insoportable era que la niña los miraba como nadie les había hecho sentir.

Badi creció sin saber que era el “regalo” de una maldición. Creía que había algo malo en ella. Tenía su propia celda, los guardias se turnaban para enseñarle a leer y sus padres la visitaban a diario, cada vez con menos frecuencia. Sobrevivió a Subterra gracias a un “fantasma” que llegaba a su celda por las noches: una presencia que decía ser la menor de las Siete Maldiciones Cautivas, pero que a los ojos de la niña era la única con que podía hablar de verdad. El fantasma le contaba cómo era el mundo de arriba: el sol, los árboles, la lluvia que no era negra. Y le enseñó a proyectar una vida más allá de la prisión. De chica, sin saber decir “fantasma”, Badi la llamó Fanti. La maldición aceptó el nombre.

III. La Rebelión

En Subterra había 4 jerarquías que se repartían la prisión, cada una con su líder, sus seguidores, su territorio y su oficio: el Torturador, el Soldado Bastardo, la Madam de las Pesadillas y la Sombra Oscura (Tirka Odruk, hermana gemela de Akrit). Estos Big 4 convivían en un equilibrio inestable calculando cada movimiento. Los otros tres no tardaron en intuir que Tirka planeaba algo grande y decidieron actuar. El Torturador capturó a su hombre de confianza, la Madam se encargó de que Tirka lo viera, cada noche, torturado en sus pesadillas. Así estalló una guerra civil silenciosa: cada mañana amanecían nuevos prisioneros muertos en celdas distintas. Los guardias no eran capaces de anticiparse y los reportaban como “peleas internas”. Pero Tirka tenía paciencia de cazadora. Dejó que las bandas se desangraran un tiempo, reclutó a los sobrevivientes (sabía que los huérfanos de guerra son leales con quien les da protección) y planificó con ellos la Noche de la Rebelión.

Aquella noche, cuando los guardias llevaban la comida a su celda, todas las luces de Subterra se apagaron a la vez. Los guardias de turno no vivieron para prenderlas y los otros tres capitanes también amanecieron muertos en sus celdas abiertas antes del amanecer. La revuelta estalló en todos los pasillos a la vez.

En medio del caos, Tirka fue directo a la celda de su sobrina Badi. La tomó por el cuello y la levantó contra el muro
-No eres digna de la sangre Odruk, le dijo, ahorcándola - Morirás aquí y ahora! -

En realidad no quería matarla. Años de observarla le habían mostrado que la niña tenía un “amigo invisible”. La visitaba cada noche, se preocupaba por ella, le respondía sus preguntas. Tirka no podía ver al fantasma, pero podía sentir su presencia y su poder.

Del aire se escuchó un ¡NO! La maldición tomó la figura de una joven de pelo largo y rubio pero con textura de nube.
-Presentía que aparecerías - sonrió Tirka, sin soltar a la niña.
- ¿Qué quieres? - preguntó Fanti.
- El don de la invisibilidad para mi legión. A cambio, te doy la vida de Badi.
-¡Fanti, no lo aceptes! - gritó la niña, tratando de respirar. No te dejes manipular por ella…

Pero fueron sus ojos, llenos de lágrimas, compasivos incluso en ese momento los que movieron a Fanti. Quizá una maldición más experimentada hubiese operado distinto, pero Fanti no podía ver morir a su creación.
- Tu legión será invisible - declaró Fanti - mientras nadie los mire a los ojos.

Tirka escuchó la cláusula, pero es sabido que nadie mira a un monstruo a los ojos. Era una condición cosmética: el orgullo de una maldición que necesita salvar cara con un tecnicismo. Entendió además el sello del pacto: mientras la niña viviera, el don se sostenía. La sangre de Badi lo rompería. Su legión también tendría que cuidar la vida de la niña, no le complicaba.
-Lo acepto -dijo Tirka, con voz profunda.

Fanti cerró los ojos, levantó sus manos sobre su cabeza invocando su poder y cuando se tocaron, la legión entera se esfumó en todos los pasillos de Subterra a la vez. Al amanecer, la prisión más segura de los 13 reinos quedó vacía y en silencio. Los soldados llegaron tarde y no pudieron perseguir un rastro que no podían ver.

IV. La invasion

El ejército invisible salió a destruir con sed de venganza y con la ambición de ocupar los 13 reinos. Los 2 primeros cayeron fácilmente, pues la legión llegó de sorpresa y no los vieron. Los soldados morían peleando contra el aire, ni siquiera podían imaginarse a su enemigo. Saquearon casas y robaron armas. Hasta terminaron tomando prisionero a las familias reales.

Desde Subterra, Badi de cierta forma sentía la destrucción, la inquietaba, le impedía dormir bien. Estaba conectada con el dolor del mundo y aunque el daño era invisible a los ojos de las personas, el dolor no era invisible a su sentir. También podía sentir donde estaba el ejercito invisible en cada momento. La niña no había hablado desde que Tirka la ahorcó. Solo tenía un pensamiento devastador: los reinos estaban cayendo por su culpa. Su vida había sido la moneda con que se pagó la destrucción de Asgak.

No podía dormir, no podía soportar su sensación de cómplice. Lloraba pero no de pena y esa noche se le agotaron las lágrimas. Cuando no pudo llorar más, rompió su silencio llamando a la maldición: Fanti, ven por favor.
- Aquí estoy, ¿cómo te sientes?- Le preguntó la maldición
-Cansada - le respondió Badi - Puedo entender lo que hiciste y te lo agradezco, pero he estado pensando que como sea: tengo que salir de Subterra
-Lo sé. Lo entiendo - respondió Fanti- ¿sabes que es probable que no logres hacer nada?
-Si - dijo Badi - pero en el fondo, es lo que tengo que hacer

Esa misma mañana Badi habló con sus padres:
- Voy a salir. Voy a detener a la legión. Sé que es cazar a la familia, defender a los que nos enterraron aquí. Pero Igual voy a ir.”

Los Odruk no lo esperaban
- Primero el castigo fue tenerte - dijo Vorg - Ahora es verte partir con nuestro apellido a hacer el bien. Es que acaso tu maldición no se cansa!
- No cuentas con mi bendición - le dijo Akrit - Pero no voy a dejarte ir a morir sin dignidad. Entrenaremos diez días. Después haz lo que tengas que hacer.

Los siguientes 10 días, la maga más oscura de Subterra le mostró a su hija un arsenal de hechizos de las sombras. Trataba de corregirle la crueldad que no tenía, la inquietaba lo rápido que aprendía a ejecutar y a pelear.

Fanti miraba de lejos. Ella había invisibilizado a la legión para salvar a Badi y ahora Badi iba a tratar de detenerla. Le pareció terrible. Las otras Maldiciones Cautivas estarían orgullosas por todo el daño que ya le había hecho al reino, pero ella solo quería cuidar a la niña.

Al día 11, Badi salió de Subterra por primera vez en su vida. Fanti intuía que la niña tenía dos ventajas: era hija del mal (es decir, conocía los trucos de su tío desde la cuna) y era el Regalo (el único ser de Asgak capaz de mirar a un monstruo a los ojos sin miedo y sin odio), pero no creía que fuera suficiente para derrotar a la legión.

Los dos soles de Asgak brillaban juntos sobre el volcán. Badi los miró por primera vez directamente y emprendió camino junto a Fanti.

V. La batalla de las miradas

El ejército invisible se acercaba a su tercer reino. Diez magos guerreros llevaban días observando desde las nubes, habían logrado encontrar y seguir las pistas del horror. Les había llegado un mensaje desde Subterra: enfrenten a la legión en campo abierto y peleen mirándolos a los ojos. Estuvieron dispuestos a internarlo. Cuando vieron caer la primera torre, los diez se desplegaron. Desataron nieve e hicieron crecer el pasto para ver, al menos, las pisadas de la legión.

La batalla fue un caos visual. Las sombras se materializaban y desaparecían según dónde caían las miradas de los magos, que combatían sin poder parpadear. El ejército invisible atacaba por la espalda, los magos oscuros de Tirka se transportaban entre una y otra sombra, quemaban el pasto con fuego, detenían la nieve con viento. La oscuridad estaba dominando la batalla.

En medio de ese caos llegó Badi. Caminó entre la carnicería, la nieve, el pasto y el viento. Todos la vieron aproximarse: la legión la conocía, los magos habían oído hablar de ella. Más de mil espadas invisibles la rodeaban y ninguna podía tocarla (su vida era el contrato). Para Badi, ese campo no era invisible: por días lo había sentido desde su celda. Ahora los estaba viendo con sus ojos. Donde ella miraba, la legión completa se revelaba, quedaba existiendo. Los magos remataban lo que la niña fijaba.

Tirka sintió la presión. Veía a su legión hacerse visible y esfumarse. Sabía que contaba con los números para asegurar un triunfo, pero tenía que hacer algo pues estaba perdiendo ventaja. Se acercó y alzó la mano contra su sobrina… en múltiples frentes de la batalla su ejército entero parpadeó como una vela que se apaga y se vuelve a prender. Se detuvo a tiempo: matarla era quedarse sin ejército y dejarla vivir era una gran amenaza.

Buscó los ojos de la niña. Eran los ojos de su hermana Akrit. Los mismos ojos que había visto toda su infancia y con esos ojos tenía un odio mayor. En ese segundo se volvió visible y se sintió desnuda. Se había vuelto invisible para que nadie la viera y ahora una niña la veía completa, sin odio, con una lástima que no soportaba.

Badi, del otro lado de la mirada, vio la cara de su mamá. Sabía que era su tía. Pero la cara era la misma, y por un instante las dos se miraron viendo a alguien que no estaba ahí: Tirka a la hermana gemela que envidió, Badi a la madre que la entrenó.

Tirka apartó la mirada. Ser vista así por sus tropas era peor que ser herida. Hizo aparecer una garra de sombra, cruzándole la cara a la niña rasgándole ambos ojos. La sangre le corrió. Todo se le volvió borroso. Badi cayó de rodillas.

Antes de que Badi levantara su cara nuevamente, dos sombras se movieron e inmovilizaron a Tirka con un hechizo negro que parecía familiar.

VI. El Reencuentro

Tirka quedó inmóvil. No podía ver a las sombras que la sujetaban. Pero sabía que eran Akrit y Vorg. A lo lejos, veía una nube que se acercaba con una presencia imposible de ignorar. Era Fanti. Seguía siendo joven, con textura de nube, pero se veía distinta: poderosa, emanando una energía que antes no tenía.

-Hace diez años -dijo la maldición - quise castigar a los que habían hecho el daño más grande en Asgak: Akrit y Vorg. Sin pensarlo mucho, les di una hija, que terminó siendo un regalo. Hoy la persona que se merece un castigo eres tú. Y hoy entiendo mejor mi lugar en este juego. Esta vez no improviso.

Tirka seguía inmóvil.

-Toda tu vida quisiste ser más que tu hermana -siguió Fanti-. Más temida, más reconocida, más recordada. Hoy lo lograste: hiciste más daño que ella.

Tirka la miró con una cara de terror que no había mostrado en la batalla. Presentía lo que venía, le asustaba, era lo que más temía.

-Aquí va tu regalo: nadie, nunca más, te va a recordar a ti. Van a ver a Akrit. Tus crímenes, tus muertos, tus conspiraciones… todo se lo van a atribuir a la hermana que envidiaste. Tu nombre se va a perder dentro del suyo. Lo que te quede de vida, vas a ser para siempre, la sombra exacta de la mujer que quisiste superar.

La cara de Tirka se descompuso. Sudaba. Las manos se le enfriaron. Sintió el cuerpo extraño, como una casa con una pieza nueva. Lo reconoció, porque lo había visto antes, en su hermana. Y comprendió, en su interior, cuál era el verdadero regalo.

-Dos maldiciones al precio de una -dijo la nube, casi con ternura-. Vas a desaparecer dentro del nombre de Akrit. Y vas a cargar, adentro por 9 meses, a alguien que un día podría mirarte con la misma compasión que tú nunca tuviste.

Fanti levantó las manos e invocó su poder. En todos los frentes de batalla a la vez, la legión se volvió visible. Miles de soldados se encontraron expuestos en campo abierto, sin más magia que la propia, rodeados por los diez magos, listos para atacar.

Las sombras que sujetaban a Tirka la soltaron. Ella se puso de pie despacio, tocándose el abdomen, y corrió. Corrió sin dirección y sin saber adónde ir.

Qutori, el Mago Guardián que había estado en la batalla, alzó su bastón y trazó en el aire un círculo. Bajo cada soldado se abrió un pozo de luz fría y cada cuerpo cayó directo a las celdas vacías de Subterra. Después caminó hacia Vorg y Akrit.

- Sin ustedes esto no se resuelve. Entrenaron a una niña ingobernable y detuvieron a Tirka en el momento preciso. La Academia de Magos no olvida una deuda así. Van a tener un lugar privilegiado en Subterra el resto de sus días.

Fanti se volvió hacia Badi. La niña tenía la cara partida por la herida, la sangre seca y los ojos lastimados. No podía ver, pero podía sentir, con todo lo demás que tenía, lo que acababa de pasar.

VII. La versión oficial

Meses después, en la celda de siempre, Badi le preguntó a Fanti por qué había castigado a sus padres con ella.
- Lo que les correspondía era otra cosa - dijo la maldición -. Pero era mi primera vez. No me atreví. Esa noche pensé que de tanta maldad podía salir algo transformador.

-¿Entonces soy el proyecto de una maldición novata?
-Prefiero decir “una maldición soñadora”.

Badi sonrió, y le dolió un poco la cicatriz de sus ojos al hacerlo. Todavía no se acostumbraba a la oscuridad de no ver.

-¿Y fuimos exitosas?

Fanti se quedó un rato en silencio. Miró, a su manera, lo que había hecho sin proponérselo: la dinastía Odruk terminada, las 4 jerarquías de Subterra desmanteladas, 13 reinos salvados por una niña que fue su “caballo de Troya” sin que ninguna de las dos lo supiera. Ninguna maldición experimentada, con todos sus cálculos, había logrado jamás algo parecido. A ella le había salido por ternura.

-No sé, Badi. Dime tú.
Badi lo pensó un rato, pero no dijo nada.

Afuera, en algún reino de los trece, los historiadores ya escribían la versión oficial: que un gran estratega (obviamente hombre) había negociado con los tres capitanes de Subterra, fingido una fuga y coordinado a los magos (obviamente todos hombres) para engañar a los Odruk. Que la ciega y desvalida era Akrit. Que Vorg intentó volverse invisible y fue interceptado. En ninguna página aparecía una niña, ni una corriente de aire. La historia dice que las guerras las ganan los hombres estrategas. No dice que algunas veces el trabajo sucio lo hicieron otras.

Gregorio Salaya

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