En un valle escondido del reino de Asgak había un lago al que durante siglos acudieron reyes, asesinos, magos y soldados. Lo llamaban el Lago de la Absolución, pues cuando alguien se lavaba las manos en este, el agua recibía la culpa, el remordimiento, los secretos inconfesables y las traiciones. Los guardaba bajo la superficie, donde yacían intactos y acumulados en capas densas, todos los pecados del reino. Siglos de podredumbre humana.

Para las fuerzas del mal, el lago era un botín de oro. En la tercera noche sin luna, dos magos oscuros llegaron por orillas opuestas al lago. Uno planeaba beberlo entero: la leyenda decía que la culpa del reino lo volvería invencible. El otro planeaba ofrendarlo, para invocar al demonio que dormía en el trasfondo de Asgak. Se encontraron en la orilla y empezaron una batalla en las sombras. El odio ardió entre ellos con un calor denso y negro. El agua empezó a hervir. Hirvió toda la noche mientras se desarrollaba una de las peleas más épicas del reino. En la práctica, una disputa por el monopolio del agua sucia. Al amanecer no quedaba lago: solo un cráter, dos cadáveres de ceniza negra inmóviles y arriba una nube oscura de todo lo que el agua había guardado por siglos.

Los Vientos Roñosos se llevaron la nube al sur. Ahí se deshizo sobre el Bosque de los Extraviados, el lugar más antiguo de Asgak. Llovieron siglos de mentiras y traiciones. Los pecados cayeron negros y espesos. La tierra los bebió como una sopa de petróleo y la red de raíces los esparció con espasmos, hasta que no quedó un solo tronco sin alojar una sombra. Esa noche se engendraron las Siete Maldiciones Cautivas. Seis huyeron con el viento, pero la primera, ya encarnada, echó raíces en el bosque.

La Deuda de Sangre

El primero que vimos llegar al bosque fue el Verdugo Real caminando con sus dos hijos pequeños. Buscaban un ladrón que huyó antes de que lo decapitaran. Apenas cruzó el límite, el bosque hizo su trabajo: el verdugo cayó de rodillas, golpeado por un dolor físico. Sintió el acero frío de su espada partiendo sus propias vértebras, el pánico en la garganta y el golpe de su propia cabeza rodando por la madera. La maldición le devolvió la agonía de cada hombre y mujer que él había decapitado en la plaza de Asgak. Se retorció ahogándose en una sangre fantasma. A su lado, sus dos hijos lo miraban. Como sus vidas eran breves y aún no acumulaban maldad ni culpas, el bosque era ciego a ellos.

Cuando los Magos Exploradores lograron arrastrar el cuerpo fuera, no encontraron heridas, solo vieron el terror congelado en su rostro. Así comprendieron la naturaleza de la maldición. Le decían“la Deuda de Sangre”. Un nombre pomposo para el trámite de pagar por tu miseria.

La Guerra del Bosque Maldito

El verdadero desastre llegó junto al invierno, cuando vimos a los ejércitos de los reyes Drüxor y Lëmsor se enfrentaron dentro del bosque. Drüxor alzó su espada y le cortó el brazo a Lëmsor. Al instante, la Deuda de Sangre cobró su peaje. Drüxor cayó de rodillas, aplastado por el peso de sus crueldades pasadas y por la agonía de un brazo fantasma que le acababa de ser arrancado. Lëmsor contra-atacó y hundió su espada en el pecho de Drüxor. La maldición giró de nuevo: al instante, Lëmsor sintió el acero perforando su propio corazón.

Y los reyes no estaban solos. Miles de soldados se mutilaban y asesinaban, y el bosque les devolvía cada estocada junto al daño que habían causado anteriormente. El dolor se multiplicó en esta carnicería. Sólo sobrevivió un escudero, que aunque aún no lo sabía, estaba destinado a otras aventuras. Curioso que los reyes tienen escuderos para todo, pero no pueden morir en su lugar.

Los bosques actuales, tan sumisos y domesticados, estaríamos orgullosos de ver a nuestros primos lejanos en modo salvaje, apoyando la tala de humanos.

La Expansión del Bosque

Luego de la guerra, el bosque empezó a expandirse. Las raíces se arrastraron fuera del valle como serpientes, empezaron a invadir los pueblos cercanos. La maleza devoró ciudades, atrapando a miles de personas en la red de sus propias deudas. Los niños y los animales quedaban abandonados. Los animales se iban de los pueblos, los niños los seguían. Terminaban siendo adoptados por animales salvajes, aprendiendo el lenguaje de los lobos, osos y monos. Así es como nacieron los “hunimales” en Asgak.

Por diez años el bosque siguió expandiéndose, y el reino trató de detenerlo: envió ejércitos, probó armas nuevas, pidió ayuda a la Academia de Magos. Todo falló. Los sabios concluyeron que el bosque era un monstruo y propusieron encerrarlo tras una barrera de fuego, hielo y roca.

Todo esto lo observaba el búho más viejo de Asgak, que cargaba una visión inquietante: los animales, los hunimales y las plantas seguían habitando el bosque maldito. Eran parte de él. Quizá no había bosque por un lado y criaturas por el otro, sino un solo cuerpo vivo más grande… y una parte de ese “cuerpo mayor” estaba enferma. Esa misma tarde convocó a un concilio secreto a todos los búhos del reino. En tres horas articularon un plan. Solo faltaba comunicárselo a cada ser vivo del bosque.

Los diez días siguientes, empezaron a pasar sucesos inexplicables en el bosque.

Los Sucesos Inexplicables

Del corazón del bosque emergió una nube de mariposas recién nacidas que lo llenó de color. El bosque las vio nacer, vivir un solo día y morir sobre sus raíces negras. Mil muertes cayeron livianas como ceniza de nieve y en simultáneo la conciencia del bosque comprendió lo que la maldición le había quitado.

Una miel oscura y espesa como la culpa de los humanos apareció en distintos lugares del bosque y en los pueblos vecinos. Las abejas estaban transmutando el polen negro, colmena por colmena. Del veneno sacaron dulzura.

Las aves comenzaron a traer semillas de lejos: árboles nuevos, hongos nuevos, especies que el bosque no conocía y que echaron raíz entre las raíces enfermas. Venían a mezclarse. Sangre nueva para un cuerpo viejo.

Los lobos, los osos, los monos y los hunimales hicieron del bosque su hogar. El bosque no encontró deuda que cobrarles. Por primera vez desde la lluvia negra, algo humano pertenecía al bosque en lugar de deberle.

Lo que se conserva

Una mañana, las sombras empezaron a soltar los árboles. Y los árboles que habían sido jueces de la Deuda de Sangre amanecieron siendo nada más que madera: corteza sin sentencia y savia sin culpa. La maldición se retiraba orgánicamente, ya no podía vivir en ese “nuevo bosque”, lo desconocía. Aun así, los viajeros dicen que ciertas noches, en algunos claros que aparecen y se van del bosque, las sombras rezagadas todavía cobran su Deuda de Sangre a quien la merece.

El bosque también se empezó a retirar. Los caminos se despejaron. Las aldeas y ciudades quedaron en ruinas y en silencio. Y en el valle escondido, donde había un cráter, volvió a haber un lago. Los que fueron a lavarse las manos buscando absolución volvieron desilusionados: el agua ya no aceptaba pecados ni culpas. Dejaron de ir. El lago quedó tranquilo, delgado y claro, destilado de todo lo que el gran cuerpo natural había logrado transmutar.

Siglos después le preguntamos al mago Qutori: ¿Quién había vencido a nuestro antepasado “el Bosque Maldito”?. Se quedó un rato mirando su cascada que fluye al revés. “Nadie lo venció, porque no era un enemigo”, nos dijo. “Era un cuerpo enfermo. Y lo vivo, cuando enferma, no espera a ser salvado: se reordena para seguir vivo, lucha por conservar la vida!. Las mariposas le enseñaron a transformarse. Las abejas le sacaron el veneno. Las aves le trajeron sangre nueva. El búho entendió que todo era un solo cuerpo, y los hunimales fueron la parte de nosotros que el bosque pudo aceptar. Nosotros no hicimos nada, salvo estorbar un poco menos al final.”

Nunca más volvió a hablar del tema.

Por eso esta historia solo vive en la memoria de los árboles del Bosque de los Extraviados. Nadie la escribió en los libros de Asgak: no tiene el atractivo clásico. Los humanos y los magos queremos salvar al mundo, pero solo si somos nosotros los que lo salvamos.

Sin héroes de rostro esculpido, no hay presupuesto para estatuas.

Gregorio Salaya

Otros cuentos de la saga “Las 7 Maldiciones de Asgak”

#22 Los tres días del olvido
En la supuesta era dorada de Asgak, el rey Tomün III trajo paz y prosperidad a los trece reinos: negoció con los comerciantes del norte, controló a los rebeldes del sur y extendió su protección a la Academia de los Magos. Las cortesanas lo llamaban el Rey de Oro.
#23 El día en que llovió lo inconfesable
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